Profesor: Alicia Rodrigo Fernández
1º ESO - Aula: A
Microrrelato:
UN CRAC
La casa estaba en un silencio sepulcral. Andrea estaba sola en la habitación, escuchando cada pequeño crujido de la madera y sintiendo cómo le temblaban las manos. Se preguntaba si estaba imaginando cosas, pero, en el fondo, sabía que no: algo se movía.
De repente, oyó un sonido extraño. Crac, crac.
Era la mecedora.
Al principio fue un leve crujido, apenas perceptible, como si la madera quejosa quisiera decir algo. Pero luego el movimiento se hizo más claro: adelante y atrás, adelante y atrás, como si alguien invisible la ocupara. Andrea sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El corazón le latía con fuerza.
El ruido de la mecedora se parecía a la rana de mi pueblo, pero con un tono escacharrado que helaba la sangre: profundo, lleno de miedo. Cada Crac retumbaba en la habitación como un latido oscuro que no pertenecía a ella.
Andrea cerró los ojos un momento y recordó historias de terror que le contaban de pequeña. Esto no es un cuento, se dijo, esto es real.
La mecedora seguía moviéndose sola, lenta, constante.
Andrea se obligó a mirar. NADA. Las ventanas estaban cerradas, el viento no soplaba y, aún así, la silla no paraba. Cada vez que se mecía, parecía que alguien invisible respiraba muy cerca de ella, tan cerca que podía sentir su aliento frío rozando su cuello.
De repente, el sonido se detuvo. Todo quedó en silencio, y el aire se volvió pesado, como si contuviera mil miradas invisibles. Andrea contuvo la respiración. Se sentía atrapada, entre la duda y el terror.
Entonces, sin previo aviso, la mecedora se movió otra vez, más rápido, más violenta. Andrea dio un paso atrás y su pensamiento se volvió claro: no estaba sola y alguien, o algo, quería que lo supiera.
Obra de referencia:
Concha López Narváez, "La tejedora de la muerte"