Profesor: Raúl Mesa Baena
2º ESO - Aula: CRC 2ºESO D.1
Microrrelato:
Cada noche, la batalla asediaba la habitación.
Cerraba la puerta como quien levanta una muralla y se rodea de sus viejos aliados: un peluche descosido, una diadema con el lazo despegado y una manta deshilachada. Allí dentro, el tiempo no tenía permiso para entrar. Allí dentro, todo seguía intacto, inmóvil; a salvo.
Al otro lado del fuerte, el enemigo avanzaba.
No portaba espadas, sus armas eran cambios repentinos e inevitables: su voz, que ya ni reconocía del todo; su reflejo, que parecía pertenecer a otro; conversaciones que ahora exigían respuestas, decisiones, futuro. Cada día, sin descanso, el tiempo y el cambio, ahora aliados, ganaban terreno.
Resistía como podía.
Se aferraba a recuerdos felices, reviviéndolos hasta desgastarlos, aferrándose a lo que llaman infancia. Intentaba encajar en una versión de sí misma que ya no existía del todo. Y cuanto más luchaba, más lejos parecía estar de ganar la batalla.
Dolía.
Ya no se trataba solo de perder lo que tenía, sino de no saber quién sería sin ello. Crecer no era avanzar: era correr sin garantías. Madurar no era aprender: era renovar sin instrucciones. El cambio era convertirse en alguien desconocido.
El tiempo seguía pasando y el cambio avanzando.
Una noche, protegida en la seguridad de su fortaleza, sostuvo el peluche entre sus manos y esperó; esperó a sentir la esperanza que le evocaban los recuerdos, a sentir la felicidad que traía esa época. Pero solo encontró calma.
Lo entendió.
No estaba defendiendo su pasado; estaba evitando su futuro.
El enemigo no era el cambio; el tiempo no era su obstáculo. El enemigo era su miedo a cambiar, a equivocarse, a no reconocerse a sí misma. Pero su mayor obstáculo era ella misma.
Y se levantó, abrió la puerta y salió del fuerte abrazando el cambio y apreciando el tiempo.
Obra de referencia:
"En un lugar llamado guerra" Jordi Sierra i Fabra