Profesor: Santiago García Espejo
4º ESO - Aula: 4B ESO
Microrrelato:
Me llamó y yo acudí. El cuerpo de la niña estaba frío, su piel estaba pálida. El ambiente era sombrío y había una gran pesadumbre. Le cerraron los ojos, cogieron una sábana blanca y cubrieron con ello su cadáver. Algunos derramaron lágrimas, otros simplemente contemplaron el perfil de la niña con tristeza. Siempre era así. Si me llamaban, había pena. Los últimos suspiros de vida se habían escapado de su cuerpo y ella era mía. Poco a poco se fueron yendo, la dejaron sola. Y yo esperé.
Consciente de que aún tenían que terminar de despedirla, aguardé pacientemente pues, ¿qué era para mí el tiempo? A la mañana siguiente volvieron. La cogieron en hombros y la llevaron a la iglesia. Su cuerpo estaba rígido, su espíritu cada vez más cercano a mí. Cogieron y la metieron en un féretro y ese féretro, a su vez, en una capilla. Después, fueron desfilando las personas, dejando velas y flores. Poco a poco todos fueron pasando. Al final, la iglesia se vació y sonaron las campanas, con un tañido melancólico, casi lastimero. Ya faltaba menos. Ella me pertenecía por derecho, y pronto lo averiguaría.
Tras haber presentado sus respetos, la llevaron al cementerio y el sepulturero abrió un nicho en la tierra. Los gusanos de dentro se movían, retorciéndose y peleando por volver dentro de la oscuridad. Allí dejaron su cuerpo y lo tapiaron. ¡SÍ! Ella era mía, me pertenecía. Nadie más tenía el derecho a poseerla. Ya no era ella, era mía. ¿Acaso los humanos no habían nacido del barro, del polvo? Pues a ese barro volvían. Pero su alma se quedaba conmigo. El cuerpo, sin espíritu, no es más que podredumbre. El cuerpo desaparece, solo y abandonado.
Así sonó mi gemido, agonizante:
— ¡AY! Dios mío, qué solos se quedan los muertos.
Obra de referencia:
Gustavo Adolfo Bécquer (Rimas y leyendas)