Profesor: Noelia Luque Centeno
1º ESO - Aula: 1º ESO A
Microrrelato:
Yo, desgraciadamente en esta historia no soy mencionada. Un alma perdida, hundida en la profundidad de los rincones de la mansión en la que Egaeus y Berenice vivían. Me permito tutearles por la sencilla razón de haberles visto crecer.
En su infancia Berenice y Egaeus jugaban y hablaban con brío, cosa que rara vez se presenciaba ante la posibilidad de Egaeus en la situación. Pero cuando se trataba de Berenice la cara de aquel tímido chico cambiaba rápidamente. Como cuando estás leyendo un libro entretenido por las tardes y en tu mente, aunque lleves mucho tiempo, cuando se hace de noche parece que en realidad no han pasado más que unos escasos minutos.
Cuando Berenice sufrió aquel tropiezo emocional inexplicable al mero ojo de alguien desconocido, yo observaba sus pasos, sus alegrías y sus llantos. Podía notar algo en el aire cuando pasaba, un hedor a podredumbre. Desde entonces, portaba en su humilde rostro una pena que se podía palpar desde sus ojos hasta sus delicados labios, que curvándose con dejadez me entristecían.
Todo el mundo dormitaba en el pensamiento de que todo sucedía dentro de ella, y tal vez fuera así, pero su sombra reflejaba una oscuridad perversa. Algunos pensarán que solo era la imaginación de una crida sin importancia. Aún así, aseguro que pasó, ya casados ella y Egaeus, encerrada en sus aposentos día y noche, como si algún ser invisible la retuviera allí.
Nunca en mi sencilla vida, vi una sonrisa tan retorcida. Sus dientes brillaban como ojos que te observan en la penumbra, sus labios se abrían de una manera antinatural, como si ese algo tirara de las comisuras de su boca haciéndola parecer más agonizante que antes.
Y después de tantos años carcomiéndome por dentro, ya lo comprendo todo.
Obra de referencia:
Cuentos Macabros, Berenice, Edgar Allan Poe.