Profesor: Ana Pilar García Esteban
1º ESO - Aula: 1ºB
Microrrelato:
Max se había ido.
Había salido de su habitación cerrando la puerta sin hacer ruido.
Se había ido, y Liesel no podía permitirlo.
No – Murmuró firmemente para sí acariciándose la frente, donde aún sentía los labios de Max.
Una idea asaltó su mente, y si… Liesel se mareó y tuvo que apoyarse en la pared del frío pasillo; tomando una decisión: le seguiría.
Liesel se encaminó a la puerta, pero se detuvo. Recordó el día en que llegó, su madre gritando a los vecinos “que estáis mirando, Arschloch?”. Recordó a su padre, enseñándola a liar cigarrillos en el baño…
¡Concéntrate Saumensch! – se dijo. Respiró bien hondo y se puso en camino.
Cuando Liesel enfilaba Himmelstraße, sin otra cosa que su raído abrigo, al mismo tiempo, en algún lugar de Munich un judío alemán se abría paso a través de la oscuridad.
Max se sentó a descansar bajo un puente en ruinas a las orillas del río Amper, se tumbó extendiendo las mantas que había metido en la mochila y, al apoyar la cabeza, se durmió pensando en la ladrona de libros.
Mientras el judío descansaba, Liesel corría en el bosque con una sola meta: Max; ella no sabía dónde se iba a esconder, así que simplemente corrió sin pensarlo.
Estaba cansada, llevaba horas corriendo sin descanso cuando cayó, se habría estampado contra el frío césped si Max, que estaba buscando la linterna que se le cayó, no la hubiera agarrado.
Juntos se sentaron sobre las mantas, y quedaron en silencio un rato. De pronto Max dijo:
Gracias.
Aquello fue lo último que ambos escucharon. Tal vez no lo habría sido si las sirenas hubieran sonado.
Recogí sus almas delicadamente. La de Max era simple, pero triste. La de Liesel era ligera, pura… la estreché en mis brazos antes de llevarmela.
Obra de referencia:
La ladrona de libros, de Markus Zusak