Profesor: María Raquel Somoano Matesanz
1º BACHILLERATO - Aula: DP 1C
Microrrelato:
Ender, el último insector
El huevo de la Reina era suave, cálido. Ender lo sostuvo entre sus manos, sintiendo su vibración. Sabía que dentro latía la última esperanza de los insectores, la última semilla de una especie que él mismo había exterminado. Con cuidado, lo reposó en la tierra fértil de ese planeta olvidado. El aire mantenía un silencio impecable, una atmósfera brumosa. «Aquí crecerás. Aquí empezarás de nuevo», pensó.
Cuando se inclinó para despedirse, la cáscara se resquebrajó. El huevo se abrió con un chasquido húmedo y resonante. Un líquido negro y viscoso se deslizó entre sus dedos, pegándose a su piel. Primero fue un cosquilleo frío. Luego, ardor. Luego, fuego. Intentó sacudirlo, pero la sustancia se agarró a su cuerpo como si tuviera vida propia. Se deslizó por su tronco, subió por su cuello. Entró en su boca. En sus ojos. Ender gritó. Sintió cómo sus huesos se estiraban, sus músculos se desgarraban y volvían a juntarse. Su piel ardía y se endurecía. Su espalda se arqueó cuando algo creció dentro de él. Extremidades largas, afiladas, extrañas. Sus dedos se transformaron en garras negras. Una voz susurró en su mente. «No buscábamos un hogar... buscábamos un rey.» Era la voz de la Reina. Ender intentó resistirse, pero su cuerpo ya no era suyo. Sus pensamientos se entrelazaban con miles de mentes. Voces antiguas, gritos de sufrimiento, llenos de ira con un hambre oscura de venganza.
Ya no estaba solo. Se puso de pie. Sus piernas eran nuevas, ágiles, más rápidas. Su piel negra relucía bajo el amanecer de aquel mundo. Abrió la boca para hablar, pero de su garganta solo salió un clic, un chasquido alienígena.
La humanidad pensó que había ganado la guerra. Ender sonrió. La guerra nunca terminó.
Obra de referencia:
EL JUEGO DE ENDER. Orson Scott Card