Profesor: Amanda Agüera Redondo
1º ESO - Aula: 1ºB
Microrrelato:
En cuanto pronuncié la primera palabra, sonaron las primeras carcajadas. Todos los viernes eran iguales, tenía que hacer como que no me afectaban las risas en clase, y aguantarme las lágrimas hasta casa era como un laberinto sin salida.
Al llegar a casa, me dejé la puerta de mi habitación abierta y cuando mi padre volvió del trabajo me encontró tirado en mi cama, lamentándome por lo que me pasaba. Al final me decidí por contarle mi problema porque era profesor de artes marciales mixtas y creía que si se lo contaba me enseñaría a defenderme de los compañeros que se reían de mí; pero aquel día, mi padre, en vez de enseñarme a defenderme con los puños, me enseñó a defenderme con palabras.
El viernes siguiente al entrar en clase de Lengua estaba muy nervioso, me sudaban las manos y tenía miedo de que se me olvidara lo que me había dicho mi padre. Cuando al fin llegó mi turno de leer, como era de esperar, me equivoqué, y todas las risas se me echaron encima, pero conseguí mantener la calma y tranquilizarme, me dirigí hacia la primera persona que vi riéndose y le dije todo cuanto me había enseñado mi padre. El niño se quedó avergonzado y no supo qué responder. A partir de ese día, todos los niños de mi clase empezaron a tenerme mucho más respeto, pero también los pocos niños con los que hablaba dejaron hasta de mirarme. Entendí que había llegado demasiado lejos y me estaba desprendiendo de lo que intentaba conseguir: amigos.
Acabé disculpándome con el chico y él me dijo que no pasaba nada y me dio la razón: ”La gente siempre se fijará más en tus fracasos que en tus triunfos, pero aquellas personas que nunca se rinden son las que más acaban destacando”.
Obra de referencia:
Inspirado en el vuelo de Ícaro, leído en "Mitos griegos" de Maria Angelidou.