Profesor: María Lucaya Castán
3º ESO - Aula: 3º eso 24-25
Microrrelato:
La noche era oscura como un silencioso suspiro, envolviendo cada esquina de la habitación con su manto de sombras. Jorge Manrique se encontraba tumbado en su cama, incapaz de conciliar el sueño. La pérdida de su padre no solo significaba un profundo dolor en el alma, sino también una brecha que lo alejaba de todo aquello que consideraba eterno. Finalmente, la fatiga lo superó y se sumergió en un sueño profundo.
Se halló en un camino repleto de niebla, donde el aire era denso y sorprendentemente tranquilo. A su lado derecho, un río de aguas turbias arrastraba coronas desgastadas, espadas rotas y cofres vacíos, símbolos de glorias desvanecidas y sueños olvidados. A su izquierda, numerosas sombras de nobles y guerreros se desplazaban sin rumbo, sus rostros
difuminados por la indiferencia absoluta del tiempo.
—¿Dónde me encuentro? —preguntó con la voz temblorosa.
Una voz intensa emergió de la oscuridad:
—En el reino de los que creyeron poseer la eternidad. Acumularon oro, mostraron resistencia, persiguieron la gloria... y, al final, todo fue devorado por el implacable paso del tiempo.
—¿Y mi padre? —exclamó Jorge, con la angustia en el pecho.
Consecuentemente lo observó. No flotaba en el río ni se desplazaba entre sombras. Atravesaba un puente dorado, su armadura ilesa, su marcha serena. No llevaba joyas ni medallas, solo la luz de su propio honor y gran valentía. Jorge intentó seguirlo, pero el puente se desvaneció ante sus ojos, disolviéndose en la bruma.
Entonces despertó con un jadeo, el corazón latiendo con intensidad. Se incorporó y tomó pluma y papel. Aquella noche, de manera inconsciente, empezó a trazar su propio camino hacia la eternidad. Así comprendió que no seremos recordados por lo que poseemos, sino por el legado que dejamos en el corazón del prójimo.
Obra de referencia:
Coplas a la muerte de su padre, Jorge Manrique