Profesor: María Lucaya Castán
4º ESO - Aula: 4º eso 24-25
Microrrelato:
En un rincón olvidado del campo, un olmo seco se levantaba como un guardián de historias antiguas. Sus ramas, desnudas y retorcidas, parecían susurrar secretos al viento. A su sombra, un poeta solitario se sentaba cada tarde, buscando inspiración en la tristeza del árbol. Era Antonio, quien había encontrado en aquel ser marchito un reflejo de su propia melancolía. Él sentía una pequeña conexión, algo inexplicable.
El olmo había sido una vez un símbolo de vida que fue marchitando al igual que Antonio; sus hojas verdes flotaban al compás de la brisa. Pero el tiempo, duro y cruel, lo había despojado de sus verdes hojas. Antonio lo miraba con nostalgia, recordando cómo la belleza puede desvanecerse en un instante. Sin embargo, en su corazón latía una chispa de esperanza.
Un día, mientras el sol caía tras las colinas, el poeta decidió escribirle una carta al olmo. Con cada palabra que trazaba en el papel, revivía la esencia del árbol: “Aún en tu sequedad, hay vida en tus raíces”. Se preguntó si algún día brotarían nuevas hojas, quizás frutos, y si el ciclo de la naturaleza podría ofrecerle una segunda oportunidad al triste despojado.
La noche llegó y, con ella, la hermosa luna iluminó el paisaje. En ese momento mágico, algo extraordinario ocurrió: una pequeña yema verde apareció en una de las ramas del olmo. Antonio sonrió al ver el milagro ante sus ojos; comprendió que, incluso en la desolación, hay espacio para renacer.
El olmo seco no solo era un símbolo de pérdida, sino también de gran fortaleza. Y así, entre versos y sueños, el poeta encontró consuelo en su amigo simbólico. Juntos compartieron la promesa de que siempre hay esperanza, incluso cuando todo parece perdido.
Obra de referencia:
Antonio Machado, Poema a un olmo seco