Profesor: Ruth Guajardo González
1º BACHILLERATO - Aula: 1º H
Microrrelato:
Nací cuerdo, o al menos eso me dijeron. Y lo peor es que les creí. Creí que la gente tenía
formas suaves y ojos limpios, que las palabras eran lo que decían ser. Pero la vida es una
fiesta de disfraces a la que me avergoncé al asistir con mi verdadero rostro
El primero fue mi madre. Me alimentaba con una mano y con la otra me enseñaba a no pedir
demasiado. Si lloraba, me decía que el mundo no tenía paciencia para débiles. Aprendí que el
amor era un plato a medio llenar, que se servía con cuchara oxidada y se tragaba sin rechistar.
Luego el maestro. Un hombre de voz grave y manos crispadas. Golpeaba la mesa, y, a veces,
también a los niños. Aprendí a agachar la cabeza, a hacerme invisible. Me convertí en un
espectro, por lo menos cuerdo.
Más tarde, encontré un amigo. O al menos eso pensé. Me enseñó que el mundo se reparte
entre depredadores y presas. Me hizo elegir: o te alimentas o eres devorado. Me empujó a una
pelea, me vio desangrar en el suelo y me dijo que eso era crecer. Y yo, en mi absurda
inocencia, había nacido presa. Así que me endurecí. Aprendí a ver la crueldad no como un
error, sino como un idioma secreto.
Un día, alguien me preguntó si era feliz. Me reí. ¿Feliz? La felicidad es para los ignorantes,
para los que aún creen en la dulzura del mundo. Yo, en cambio, me gradué en la universidad
de la desilusión y con un doctorado en nihilismo.
Dicen que estoy frío. Que antes era bueno. Pero yo solo aprendí la verdad: los cuerdos no
sobreviven.
Y entonces, alguien, quizás Dios, o peor, mi propia conciencia, me susurró: "¿Y si te han
engañado otra vez?"
Obra de referencia:
El Lazarillo de Tormes. Anónimo.