Profesor: Beatriz Álvaro Hernández
3º ESO - Aula: 3ºC
Microrrelato:
Era una cálida tarde de verano cuando un apuesto y joven noble decidió visitar a su amada. La impaciencia lo llevó a tomar un atajo por un callejón estrecho y mugriento que conectaba directamente con el jardín donde ella lo esperaba ansiosa.
En el camino, tropezó con dos vagabundos. Uno de ellos le alzó la mano, pidiendo limosna.
Fue entonces cuando el joven notó que el mendigo miraba fijamente un anillo de oro que llevaba puesto, un amuleto familiar y valioso. Al darse cuenta de la mirada del vagabundo, el noble escondió la mano rápidamente, fulminó a los indigentes con una mirada de desprecio y continuó su camino, lanzando insultos mientras se alejaba.
—Tengo una idea, Sempronio —dijo Pármeno con seguridad—. Deberíamos quitarle las riquezas a ese malnacido. Él es la razón de nuestras desgracias, y bien sabemos dónde guarda sus doblones —propuso Pármeno con su mente consumida por la codicia y la venganza.
Tras perfeccionar su plan de redistribución de riquezas por meses y sobornar a uno de los sirvientes del noble para conseguir una llave para la cámara, había llegado la hora señalada para obrar. Era una noche con una ventisca gélida. Cuando llegaron, Sempronio sacó su llave y los dos entraron.
—Pármeno, nuestros días de penuria han acabado. Contempla toda esta fortuna —exclamó Sempronio aliviado.
Unos meses después, Sempronio y Pármeno caminaban por un callejón oscuro y estrecho. En su camino, se toparon con un mendigo que pedía limosna. Cuando el hombre alzó la mano hacia ellos, un destello llamó la atención de Sempronio. Al fijarse con más cuidado, reconoció el brillo de un anillo que había visto antes.
En ese instante, la expresión del mendigo cambió. Sempronio y Pármeno se miraron y sonrieron.
—¿Nos reconoces ahora, Calisto?
Obra de referencia:
La Celestina, Fernando de Rojas