Profesor: Soledad Del Cañizo
1º ESO - Aula: B
Microrrelato:
Era una mañana de mediados de abril; el rocío cubría los tejados de las casas. Caminando por las calles de aquella pintoresca ciudad había una figura masculina vestida con harapos color avellana. La figura se detuvo, simplemente para observar a un pequeño gato que deambulaba por un callejón en busca de comida.
"Es una criatura estúpida", pensó el encapuchado. ¿Pues qué sentido tiene aferrarse con tanto empeño a algo? Esos fueron sus pensamientos. Pensamientos forzados para servir de caparazón, pues en el fondo envidiaba a aquella criatura, que tanto apego tenía a la vida; al fin y al cabo, él perdió esa característica hace tiempo. Tras esos instantes de reflexión, la figura continuó su camino. Pasados cinco minutos de marcha, se volvió a parar, esta vez debido a que había llegado a su destino. Una apacible pradera iluminada por el sol se veía en el horizonte. Las campanillas sobresalían del pasto, el cual era agitado por el viento. En ella había una roca de un metro de alto. La figura agarró un puñado de campanillas y las depositó encima de la roca. El encapuchado tenía un semblante triste. Sin embargo, por sus mejillas no fluía nada. Hace ya tiempo que no lloraba. Cuando ciertos pensamientos cruzaron su mente, no tuvo más remedio que rememorar ese momento. Un momento en el que sus lágrimas no dejarían de caer. Añoraba a esa persona y a sus ánimos, los cuales él no tenía, pues, ¿qué sentido tiene aferrarte a algo que jamás perderás? La figura pensaba al contrario que los humanos, cuya vida es efímera. Pero, ¿no es esa corta duración el núcleo de lo que llamamos existencia? En ese caso, ¿en algún momento existió el encapuchado? Quizás nunca fuese real.
Obra de referencia:
Cuatro corazones con freno y marcha atrás de Jardiel Poncela