Profesor: Eduardo Llamosas Ramos
2º BACHILLERATO - Aula: La selva.
Microrrelato:
232 centígrados Ni siquiera la tinta persistente en el costado de mi mano izquierda es tan negra como los cielos de Escorpio bajo los que deambulo esta noche de noviembre. Las estrellas, mis cómplices, se han escondido para que nadie me descubra mientras froto las manchas oscuras de mis dedos, en un intento de difuminar el crimen escrito en mis manos. Camino en silencio por las calles doradas, alumbradas por bombillas desgastadas. La soledad de la madrugada profunda nunca ha despertado inquietud en mí, hasta que hoy me percato del rítmico roce de mi chaqueta de franela. Suena, casi, como la mina de un lápiz derrapando sobre una hoja de papel. Sin tiempo para descartar el haber caído en la locura, me apresuro. Subo y bajo las avenidas silenciosas con rapidez y me parece poder alcanzar la luna. Claro que, con el creciente eco de las sirenas y el paulatino olor a gasolina, el único sitio que pretendo alcanzar es mi casa. El cielo se ha disfrazado de la atmósfera de Marte y las luces se funden en un río de ámbar, llegando hasta las puertas de mi destino. El incendio ha quemado mi bosque de palabras. Todas las que alguna vez conocí permanecen, ahora, englobadas en inmensas llamas ondulantes del color de un atardecer apocalíptico. Mi templo, mi jardín de papel… Todo cenizas irreversibles, ahora, que se escapan entre mis dedos como el desierto ansioso de un reloj. En el extraño consuelo de la calidez del fuego que inunda mis ruinas, sobre mis rodillas quemadas en el ardor del cemento, miro las palmas de mis manos. Los antiguos borrones de tinta son ahora un océano de grafito que han llorado mis ojos.
Obra de referencia:
Fahrenheit 451 de Ray Bradbury